Existe un mundo paralelo a la creación de interiores y espacios, y no es otro que la venta de dichos interiores y espacios. El sector inmobiliario, además, cuenta con muchos paralelismos operativos con el de la arquitectura y el interiorismo, pero lleva implícito un estigma añadido. No vamos a descubrir ahora que es uno de los ramos más denostados por el público en general, y claro, la mala fama le está muy merecida. Suele decirse que en los años del boom todo estaba permitido, pero ese periodo solo magnificó un mal endémico: poca profesionalidad, poca exigencia, mucho intrusismo. Sin entrar a desentrañar los porqués de la reputación del sector, hay un hecho, llamado crisis, que cambió esto para siempre. Al disminuir el volumen de negocio, aumentó la competencia, y ello aumentó la exigencia. Y ya en esta década empiezan a aparecer propuestas como Monapart, agencia que se especializa en vender y alquilar viviendas bonitas.

O sea, que después de vender todos de todo, alguien piensa en vender estética, y no solo suelo y ladrillo. Entramos aquí en el asunto a analizar, porque no es fácil definir qué es una vivienda bonita. ¿Qué NO es una vivienda bonita? Una vivienda de lujo, o exclusiva, no es necesariamente una vivienda bonita. La venta de “el lujo” o “la exclusividad” siempre ha existido, pero el buen gusto no es inherente al nivel económico, y ahí está Donald Trump para recordárnoslo cada día.

Y, ¿qué es una vivienda bonita? Una pregunta realizada en un blog que, post tras post, define, analiza, explica y muestra cómo el diseño de interiores añade belleza estética a, entre otros tipos de espacios, las viviendas en las que vivimos. Sí, pero, ¿qué es una vivienda bonita? El sector inmobiliario, desde su aparente ineptitud en este campo, pregunta al sector del interiorismo por los criterios que definen una cosa “bonita”. Desde Monapart hemos hecho la pregunta a alguien de la casa, nuestro tioviver interiorista Vicente Ortuño del estudio Tiovivo Creativo, y nos dio una respuesta muy ambigua, y a la vez muy cierta: “no sé definir el buen gusto, pero sé definir el mal gusto”. Resulta que esta respuesta lleva dos claves de nuestro análisis. La primera es que estamos hablando de gusto, y la segunda, que el mal gusto es más fácil de detectar, porque es la ausencia de gusto, o es lo que va en contra del gusto.

Hablemos del gusto. ¿Qué es el gusto? Poco nos va a aportar una definición académica de la palabra, pero vamos a intentar juntar las claves. En primer lugar, el gusto es saber apreciar qué es lo que hace mejorar algo. Una persona que sabe vestirse bien, tiene buen gusto. Una persona que no tiene buen gusto, simplemente, se viste (Mark Zuckerberg es un buen ejemplo). Una persona con mal gusto consigue restar en vez de sumar. Esto nos determina un poco más, y es que el gusto es algo diferencial. Los seres humanos damos importancia a la estética, a diferencia de las demás especies, y es por ello que el diseño no tiene un fin únicamente funcional. Así pues, la forma en la que se diseñan los objetos aportan belleza a los mismos, hasta el punto de convertirse en una función en sí.

A continuación, tenemos otra característica del buen gusto, que es la subjetividad. Si el mal gusto, que es más fácil de detectar, ya es subjetivo (las personas con mal gusto están convencidas de tener buen gusto), todavía lo es más el buen gusto. Un ejemplo: no me gusta la arquitectura minimalista blanca y de líneas rectas, pero hay arquitectura minimalista de buen gusto y de mal gusto. Es subjetivo en la medida en que existen múltiples lenguajes estéticos, y cada sujeto se expresa mejor en uno o algunos de esos lenguajes, y también percibe mejor uno o algunos de esos lenguajes. Curiosamente, las personas con buen gusto entienden mejor el buen gusto de otros lenguajes estéticos que no son el suyo, pero una persona con mal gusto, indefectiblemente solo entiende su propio lenguaje.

Dicho esto, y hablando ya del tema que nos ocupa, hay multitud de estilos de diseño de interiores en el ámbito de la vivienda. Hay viviendas de corte contemporáneo, más modernas y minimalistas. Hay viviendas clásicas, unas tienen un aire casi aristocrático, otras hablan un lenguaje más rústico o popular. Hay viviendas cuya estética expresa algo de su historia, como por ejemplo un loft de ascendencia industrial, o un piso modernista que respeta y actualiza sus elementos originales. También hay viviendas cuya estética trata de descontextualizarse, y a la vez consigue integrar dos estilos antagónicos pero complementarios. Hay viviendas homogéneas, casi monocromáticas, y otras eclécticas.

No hay, pues, estilos buenos o estilos mejores. Pero sí que hay estilos malos: los estilos que priman la opulencia y la demostración, los (no) estilos que parten de una base neutra, y van añadiendo elementos inconexos, los estilos que caducan y nunca recuperan la vigencia.

Después de todo este análisis más “filosófico”, tenemos base para elaborar una lista, que en ningún caso es excluyente, de qué necesita el diseño del interior de una vivienda para poder considerarse de buen gusto, y por lo tanto bonito. Decir también que es una lista dirigida al mundo que hace la pregunta, el sector inmobiliario. Ahí va:

– Honestidad: un diseño, como decíamos, aporta una característica estética a un objeto con una función. Cuando el diseño es secuestrado por un afán de ostentación, este pierde su posición.
– Coherencia: una vivienda bonita siempre es coherente. Es coherente con sus usuarios, existe coherencia entre continente, contenido y entorno.
– Lenguaje: el diseño siempre tiene algún “mensaje”, aunque sea de forma muy abstracta. El lenguaje puede ser de distinta naturaleza: “blanco”, “mármol”, “Japón” o “industrial”, por ejemplo.
– Continuidad: una casa bien diseñada siempre presenta una visión global y unitaria. Esto no significa para nada que su diseño tenga que ser homogéneo, sino que los distintos espacios siempre mantienen una conexión, y no son meros compartimentos estancos.
– Dimensión justa: una casa que parece muy vacía o muy llena, demasiado grande o demasiado pequeña, tiene un problema estético. No significa esto que haya un número áureo que sea siempre aplicable, sino que es el lenguaje el que define su propia dimensión. Una casa bonita, nunca está llena ni vacía, y nunca es demasiado grande ni demasiado pequeña.
– Atemporalidad: un objeto, y por extensión una casa, con fecha de caducidad, tiene un alto nivel de depreciación estética. Esa casa, mañana será un poco menos bonita que hoy. A los diseños atemporales les pasa justo lo contrario. Porque las modas que vuelven, probablemente nunca se han ido.

Texto: Xavi Planells, socio y director de Monapart Valencia. Tioviver en nuestro espacio coworking.

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